martes, 16 de agosto de 2016

¿Amor y Amistad? Siguiente puerta a la derecha.


Prologo.

La puerta se abre y mi cuerpo tiembla. Él ya está aquí. Tengo tanto miedo que trato de fingir, cortar las cebollas es lo más interesante del mundo. Sólo espero que su día haya sido bueno, de lo contrario lo pagaré, con creces.
El cuchillo tiembla en mi mano, pero continúo cortando sin mirar a ningún otro lugar, que no sea la tabla y los pequeños cuadritos que van quedando. Lo escucho descargar sus cosas en la sala y suspirar. Detengo el cuchillo y cierro los ojos, recordando el estado de la habitación donde se encuentra y de la casa en general. Hice el aseo con detalle, sin olvidar ninguna superficie o rincón que el pudiera encontrar sucio y luego hacerme pagar por ello. Ruego a Dios que no haya olvidado ninguno, no quiero que me golpee hoy, no después de hace tres noches. Aun me duele todo y si vuelve a poner una mano sobre mí, probablemente no podré levantarme de cama.
No puedo quedarme en mi cama.
No puedo permitirle que vuelva a golpearme, no ahora, no en mi estado. No después de lo que el doctor dijo:
—Debes tener cuidado con las escaleras, Liliana. Esta vez hubo suerte, pero un golpe o cualquier otra situación como estas… —Me mira atentamente. Sé que él no cree mi historia de que me caí por las escaleras. Mi ojo morado no es un golpe por caerme al suelo—: Y puedes perder al bebé.
—Lo sé. Doc. Tendré más cuidado —susurro. Sus ojos me miran con pesar y me siento aún más incómoda que cuando expliqué la causa de mis golpes.
—¿Sabes que puedes contar con ayuda? Podemos acudir y socorrerte en cualquier situación que presentes —dice. Asiento, sus ojos llenos de sabiduría por los años me observan atentamente—. No estás sola. Podemos ser de ayuda.
Volví a asentir y tomé los medicamentos que me recetaron y no harían daño al bebé. El doctor se equivocaba. Nadie puede ayudarme, la primeras y últimas veces que pedí ayuda, que acudí a una estación de policía u hospital y denunciaba… él lo sabía. Y en casa era yo quien pagaba.
Y como no iba a saberlo. Siendo el jefe de la estación de policía del pueblo, y la máxima autoridad. Nadie lo cuestionaba, nadie se atrevía a señalar sus crímenes, especialmente conmigo, su esposa; a quien tomó para sí mismo, siendo una chiquilla de quince años, vendida a él por sus padres. Él es la ley aquí y nadie ni nada puede hacer algo por nosotros, sus víctimas.
—Liliana, ven aquí —gruñe desde la sala. Mi cuerpo empieza a temblar nuevamente lleno del más profundo terror. Mi estómago se tuerce y le pido a Dios que por favor tenga piedad de mí esta vez.
—¿Qu… qué sucede Gustavo? —No me acerco totalmente hacia él, aun cuando su mano está extendida hacia mí.
—He dicho, ven aquí. —Señala el lugar a su lado. Asiento y con paso apresurado me ubico a su lado. Su mano inmediatamente me toma de la cintura, vuelvo a estremecerme—. Quisiera saber, por qué razón Aura me ha dicho que debo tener más cuidado con mi esposa, ¿acaso has ido nuevamente a contar esos historias sobre mí?
—¡¿Qué?! ¡No!, no por supuesto que no. —Niego con mi cabeza efusivamente. Las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos y me cubro el vientre instintivamente—. Seguro me vio en el medico el jueves. Fui por el dolor de cabeza que tenía, sólo eso. Juro que no hablé con nadie, lo juro Gustavo.
El temblor de mi cuerpo se hace cada vez más fuerte. Sus ojos se estrechan y me analizan, buscando tal vez la mentira detrás de mi terror o simplemente porque disfruta verme así, aterrada y hecha nada. Por fin, una sonrisa satisfecha se dibuja en sus labios y decide dejarme en paz por el momento.
—Está bien muñeca, te creo. Ve y sigue haciendo la cena, muero de hambre.
—Sí, señor. —Me vuelvo para regresar a la cocina pero vuelve a llamarme—. ¿Sí? —pregunto con miedo.
—Esta noche vienen algunos de los muchachos. Prepara suficiente para todos.
—¿Esta noche? —Oh no… no digas nada Liliana.
—Sí, ¿algún problema? —brama. Niego con la cabeza y pego una falsa sonrisa.
—Claro que no. Tendré todo listo —susurro. Camino rápidamente de regreso a las cebollas.
En la pequeña seguridad de la cocina, suspiro y le ordeno a mi cuerpo para que deje de temblar. No lo logro, la noticia de que esta noche tendremos invitados me ha dejado peor que su inesperada llegada.
Las noches en las que él invita a sus compañeros de trabajo, amigos y los cerdos que se codean con él, son las peores noches. Porque en esas reuniones es donde más propensa soy a cometer errores y ganarme una buena pela de su parte, no importa que haya audiencia; para él, nunca hay un mal lugar o momento para golpearme. Además, viviendo en estas casa-fincas que se encuentran alejadas unas de otras —a excepción de nuestros vecinos de al lado que comparten la misma tierra que nosotros— vivimos alejados de todos.
—Puedes hacerlo, Liliana. Puedes hacerlo.
Me doy ánimos a mí misma y continuo con la cena. Confiando en Dios, esta noche todo saldrá bien.


Oh. Dios. Mío.
Siento el golpe en mi cien antes de que pueda reaccionar. Mi cabeza se sacude violentamente y caigo de rodillas intentando reorientarme antes de que arremeta nuevamente contra mí.
—¡Maldita bestia inútil! ¿Acaso no puedes hacer las cosas bien? ¡Estúpida! —grita. Sus amigos se vuelven para mirar a cualquier parte menos a mí. Ni siquiera se permiten tener lastima, si él los ve, ellos también van a pagarlo.
—Lo… lo siento. Yo, fue mi error —balbuceo intentando levantarme. En realidad no fue mi error, fue de Felipe, su segundo al mando. Él fue quien no se percató que estaba detrás de él sirviendo el vino, y al retroceder riendo, golpeo mi brazo y me hizo arrojar toda la botella al suelo. Pero no puedo decir eso, sería peor para mí, sus amigos son perfectos, yo soy la inútil.
—¡Era una maldita botella de trecientos mil pesos! —Vuelve a blandir su mano y golpea mi mejilla—. ¡Idiota!
El sabor metálico de la sangre inunda mi paladar y el dolor del golpe anterior y de este me tiene respirando con dificultad y tambaleándome de un lado a otro. Las lágrimas pronto se hacen presentes y mi pánico aumenta. Él detesta que llore, me golpeara más si lo hago.
—Deja de llorar ¡maldita sea! eres una débil muerta de hambre. Joder contigo, me tienes harto con tus dramas de mierda —Sigue gritando y sigue golpeándome, en el rostro, en mis manos, el pecho y mi estómago.
—¡Gustavo no! ¡El bebé! —clamo. Se detiene por un momento, su rostro se torna más rojo de lo que estaba y escupe sobre mí.
—Me importa una mierda ese bastardo. Favor que le haría el no permitirle tenerte como madre —gruñe. Y se abalanza nuevamente sobre mí. Trato de alejarme y eso lo cabrea más, rodea mi tobillo con sus enormes dedos y me hala hacia su cuerpo—. Estúpida, pendeja de mierda.
—Ramirez. —Escucho a uno de sus amigos decir—. El señor del frente viene hacia aquí con una escopeta.
Gustavo se detiene, me observa unos segundos antes de volverse hacia sus amigos. Imagino, entre mi dolor y mi humillación, que el señor al que se refieren es don Pacho. Nuestro vecino. Esta es la segunda vez que acude a mí cuando escucha mis gritos.
—Ese hijo de puta, metiche. ¿Dónde están mis armas? —Se levanta y camina hacia el estante donde guarda sus cosas del trabajo—. Ya verá el anciano ese.
—Gustavo —sollozo—. No lo hagas, por favor.
—Cállate, estúpida. Lo que le suceda a ese hombre es tu culpa, eres una inútil que no sabe quedarse callada.
Sale junto con sus amigos hacia el patio delantero. Me levanto, sin ayuda de nadie, y trato de acudir hacia mis vecinos. Don Pacho y Aura son buenas personas, temo que Gustavo pueda hacerles daño, sé que él lo haría. Me tambaleo un poco y Felipe trata de ayudarme, lo miro con temor y veo una disculpa y una tristeza dentro de sus iris, pero él no me ha defendido, no merece que le permita eximir un poco de su culpa por causarme esto. Halo mi brazo y me alejo de él, la sangre me brota del labio y de mi nariz.
Escucho los gritos de ambos hombres antes de verles. Don Pacho está exigiéndole a mi esposo que me respete y que deje de abusar de mí. Gustavo le grita mil maldiciones y amenaza con matarle. Alguien gruñe y luego el sonido del disparo hace eco por todo el lugar.
—¡No! —grito. Corro-cojeo tan rápido como mi cuerpo me lo permite y cuando por fin les veo, Don pacho está en el suelo y Aura grita y llora, sosteniendo sus manos en su pecho.
—¡Lo mataste! —grita. Y sacude a su esposo, laxo en el suelo—. ¡Lo mataste!
Gustavo sólo observa con ojos de hierro la escena. Sus amigos salen y rodean a mi marido. Ninguno se atreve a llamar a alguien, para qué, ellos son ese alguien al que uno debe llamar. Los ojos de Gustavo me buscan, la ira en ellos hace juego con el veneno de su voz.
—¿Esto era lo que querías no? Que matara al viejo metiche. Es tu culpa Liliana, tu culpa. Ahora debemos limpiar este desastre.
No puedo hablar, mis manos tapan mi temblorosa boca. Felipe y dos de los cinco amigos de Gustavo se encuentran pálidos y asustados. Otro de ellos toma a la señora Aura del brazo y la hala hacia su casa. Eso me hace reaccionar.
—¿Qué están haciendo? —exclamo en pánico—. ¡Déjenla!
—Quiero que entres y te encierres en la habitación —ordena Gustavo. Le miro y niego con mi cabeza. Esto lo enoja aún más—. ¡Entra maldita sea o lo haré yo por ti! Y no será bonito— gruñe.
—¿Qué van a hacerle? —pregunto aun cuando sé que no debo hacerlo.
—Sólo hablaremos con ella. —dice. No le creo y estoy a punto de protestar, pero se abalanza sobre mí y halándome del cabello me lleva dentro. La fuerza que ejerce me impide tener los ojos abiertos y observar que demonios están haciendo con la señora Aura.
Me lleva hasta el segundo piso, a nuestra habitación, y me arroja bruscamente sobre la cama.
—Quédate malditamente aquí, o lo pagarás. —Asiento enérgicamente. Le creo. Estoy totalmente segura que si desobedezco, me ira mal, muy mal.
Lo veo irse, cierra la puerta pero no la asegura. Me quedo petrificada en la cama orando por la señora Aura y el señor Pacho. Su cuerpo no se movía, las lágrimas por el conocimiento de que probablemente esté muerto de verdad, pronto salen y ruedan por mis mejillas.
Busco el rosario que me dejo mi abuela, dentro de la mesita de noche y lo tomo en mis manos pidiéndole a la virgen que ayude a mis vecinos y me ayude a mí misma.
Estoy en el segundo ave Maria y escucho otro disparo.



La sangre se hiela dentro de mis venas y mi corazón se detiene por unos segundos.
Corro hacia la ventana que da a la calle y hacia la casa de los vecinos. Las luces dentro están encendidas, hay tres Hombres afuera y el resto creo que están dentro. Una silueta sale de la casa y se inclina sobre el porche, su cuerpo convulsiona y me parece ver que vomita algo sobre el suelo. Probablemente la pasta que cocine hoy.
El siguiente en salir es Gustavo, y aun a lo lejos, veo que su camisa blanca tiene una enorme mancha oscura, que no tenía hace unos momentos, el último de sus amigos sale de la casa limpiando el arma de sus manos. Jadeo horrorizada cuando mi mente ata los cabos.
No, no, no. Esto no puede ser cierto.
Me cuesta respirar y me encuentro a punto de sufrir un ataque de pánico. Eso debe ser sangre y sangre de la señora Aura. Los asesinó a los dos.
—Oh Dios. —siseo. El pecho me duele y la habitación empieza a dar vueltas. No puedo creer que mi esposo acabe de asesinar a dos personas, dos inocentes personas.
Hace poco no le importaba acabar con la vida de su propio hijo, por qué le importaría la de otros.
La voz de mi cabeza me recuerda lo que estaba a punto de hacer hace unos momentos en la sala. Tiemblo y lloro. Es un monstro, un monstro.
Es el monstro que estará cerca de tu bebé, si le permite nacer.
—No. No permitiré que le haga daño.
No puedes contra él, estás indefensa. Él te puede destruir a su antojo y nadie te salvará.
—Dios, nadie aquí me ayudará si él decide hacerme daño. Y los vecinos, ellos sólo querían ayudarme y mira como terminaron. Es mi culpa, mi maldita culpa.
Huye, huye Liliana. Sal de aquí.
—¿A dónde voy a ir? No tengo a nadie.
Cualquier lugar es mejor que esto. Sal ahora que están ocupados. No tendrás otra oportunidad. Sálvate y salva a tu hijo.
—Mi hijo.
Está en peligro, al igual que tú.
Decisión tomada.



¿Amor y Amistad? Siguiente puerta a la derecha


Nuevo proyectos



Estoy huyendo.
Huyendo de mi pasado tormentoso,
Huyendo de los demonios que me acechaban.
Huyendo del dolor.
Huyendo del sufrimiento.
Huyendo del monstruo que juró amarme.
Huyendo de mí misma.
Huyendo de todos y de todo. 

Sigo huyendo, incluso aquí, en el lugar que escogí para empezar desde cero, para retomar mi vida, para volver a empezar sola. Sin volver a depender de nadie, sin permitirle a alguien más tener algún control o influencia en mí, porque amé y me equivoqué al hacerlo, la confianza que deposité en esa persona me destruyó. 

Pero el destino da muchas vueltas y me di cuenta que para sanar y empezar nuevamente, sólo tenía que... tocar la Siguiente Puerta a la Derecha.


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