sábado, 17 de junio de 2017

Adelanto capítulo 7 "Se Armó Cupido"



Juliana

—No. Estás completamente demente.
Me encojo ante el tono brusco de Gómez el policía o agente como no muy amablemente me dijo que lo identificara y que me salvó dos veces el trasero y acomodo la enorme camisa que me prestaron para cubrir mi cuerpo. Es la primera vez que me arrepiento de no llevar ropa interior.
Hace una hora llegamos a esta casa, pequeña por cierto, de seguridad. En realidad no era lo que esperaba. Por fuera se ve como una casa de una pareja, hay un jardín y flores plantadas, lo que le permite camuflarse entre el resto de las casas del vecindario. Es extraño, jamás pensarías que es una casa del DNIC.
—Iván, tienes que hacerlo. Tu maldita cabeza está en la espera de ser puesta en una bandeja de oro frente a Mario Urrego. —Jiménez fulmina con la mirada a Iván y es tenebroso, pero el susodicho le responde con un gruñido y otra fulminante mirada—. No seas un jodido cabrón, tanta mierda que das por las quejas de los testigos cuando entran al programa y ahora te comportas como uno de ellos.
—Es diferente.
—No, no lo es. Incluso Juliana está más calmada y lo ha aceptado más rápido y fácil que tú.
—He estado en esta jodida investigación por tres años, Alex. No puedo ahora simplemente huir como un cobarde y esconderme en Dios sabe donde.
—Oye, yo no soy cobarde —protesto, pero ninguno de los dos me presta atención.
Suspiro y me dejo caer contra el sofá. Llevan discutiendo desde que entramos a este lugar. Los otros dos hombres que nos acompañan se muestran divertidos por la discusión entre Iván y Jiménez, o Alex, como lo acaba de llamar.
—Vas a entrar en PT y no vamos a discutir más. Tú y Juliana son nuestros testigos ahora. Necesitamos que ambos sigan respirando para cuando tengamos nuestras manos en el cuello de Urrego y toda su jodida organización
—Joder, me pides demasiado. Sabes que vivo para este trabajo, no puedo ir a un lugar remoto y sentarme a esperar por algo de acción.
—Pues te toca. Y ya está dicho, no se discutirá más. —Suspira y revisa su teléfono—. En unos momentos el jefe vendrá para hablar con todos y traerá los documentos para empezar con esto.
Tomo una respiración profunda e ignoro a Iván y su pataleta cuando se sienta frente a mí. Mi mente vaga hacia mis padres y mis amigas, imaginando lo que pueden estar pasando y sintiendo, supongo que a esta hora ya deben saber que “he muerto”. Las lágrimas se acumulan en mis ojos al pensar en el dolor de mis padres, la angustia y desolación que deben sentir en estos momentos. Ellos creen que han perdido a su única hija, y yo tengo que asumir que he perdido a mis padres, que se han ido y, hablar sobre otros que no tengo ni puta idea de quienes son. También está el hecho de que Bonnie  se ha ido, el idiota de Iván tenía razón. Bonnie murió debido a un trauma muy grave en su cabecita.
Un sollozo escapa de mí al pensar en todo eso y gano la atención de todos en la habitación. Iván me mira y suspira.
—Genial, empieza el drama.
—No seas un imbécil —gruñe Jiménez—, la chica tiene todo el derecho de llorar.
—¿Y yo no tengo el derecho de oponerme a esta estúpida idea?
—No. Y será mejor que te calles, Gómez; en este momento yo soy tu superior y puedo mandarte a freír carne.
—Lo que sea —murmura. Me mira y yo le doy una expresión de muerte, antes de sacarle el dedo medio. Su boca se tuerce en una media sonrisa y volteo mi rostro.
Suspiro y seco las pocas lágrimas que derramé, no le daré el gusto a este pendejo de verme débil, voy a esperar a que me dejen sola y me derrumbaré ahí. Sin ojos que juzguen mis reacciones a toda esta locura.

***

—A ver si entiendo —Levanto una de mis manos para callar al hombre frente a mí. Gómez y Jiménez me fulminan con la mirada, pero los ignoro—, ¿está usted diciendo que debo viajar a otra ciudad, cambiar mi nombre, mi identidad; tener un nuevo empleo, una nueva vida y esperar ahí hasta que ustedes atrapen a los malos y yo pueda regresar y resucitar ante mi familia y amigos? —Le doy sólo una breve mirada a Gómez y regreso mi atención a Milton Bedoya, el jefe de todos—, ¿no puedo quedarme aquí?
—No, es demasiado peligroso señorita Sánchez. Esta ciudad es el patio de recreo de una de las organizaciones más y peligrosas del país, debemos enviarla a un lugar donde no llegue su alcance o al menos su dominio no sea tanto. Aquí fácilmente pueden encontrarla.
—¿Y qué ciudad sería?
—Hmm, bueno, eso sólo lo sabrán una vez que estén en camino hacia allí. Ya todo ha sido arreglado para que ambos puedan establecerse. —Saca dos carpetas grandes de un maletín de oficina y nos las entrega—. Deben abrirlas una vez estén dentro del avión.
—Espera —Dudo al recibir la carpeta, Bedoya me sonríe alentadoramente—, dijiste ambos. No entiendo.
—Gómez y usted.
—¿Qué? —chilla el susodicho—. No están diciendo lo que creo que estás diciendo.
—Sí, estoy diciendo exactamente eso. Tú y Juliana permanecerán juntos, así será más difícil que los encuentren.
—¿Más difícil? ¿Estás loco? No puedes enviarnos juntos.
Bedoya fulmina a Iván y se levanta en todo su 1,90 de estatura.
—Puedo porque soy tu puto jefe y decido lo que se debe hacer. Los Urrego estarán buscando a un hombre, soltero, con aspecto de policía y a una mujer soltera, con su descripción. A una pareja nunca. Lo primero que pensarán es que los hemos separado y enviado a lugares diferentes. Una pareja de recién casados no levantará ninguna sospecha.
—¿Casados? —chillo mirando con horros a Iván—. ¿Ese idiota y yo?, ¿juntos?
Iván gruñe, y Jiménez y los otros dos hombres ríen mientras el jefe Bedoya sonríe.
—Es una buena apuesta. Además, Gómez es un profesional… —Fija su seria mirada en Gómez y levanta una ceja—, no te traerá problemas.
—Bien, lo que sea —murmura Gómez, encogiéndose de hombros—. ¿Hay comida en el lugar al que vamos?, muero de hambre.

 ***

Yuliana Sandoval Pérez.
24 años.
Cabello marrón, corto y liso.
Estilista.
Padres separados.
No hermanos.
Casada.
No hijos.
Tipo de sangre: A  
RH: +
Intereses: Música, belleza, correr, moda, fotografía, viajes, ropa, zapatos, aventura.
Ha vivido en ciudad Esperanza toda su vida, se casó con su novio de la escuela, Adrián Giraldo, hace un par de meses y acaban de mudarse al primer apartamento que el empleo de ambos les permite. Está perdidamente enamorada de él.
Colecciona osos de peluche. Ama los osos de peluche.
Trabaja en el salón de belleza Altamira.
Ingreso promedio de 750.000 pesos mensuales.
Seguro social del gobierno. IPS: Coomsalud.
Alérgica al maní.
—¿Quién demonios es esta mujer? —gruño y sigo leyendo todo sobre mi nueva identidad, que es todo lo contrario a mí.
Es claro que van a cambiarme el color natural de mi cabello, y van a cortarlo hasta mis hombros… creo que voy a llorar por ello. He tenido el cabello largo toda mi vida y ahora debo cortarlo hasta mis hombros. Además, ¿Desde cuando me interesa la moda, la fotografía y esas cosas?
—Es quien eres de ahora en adelante. —La voz de Iván me indica que tampoco está muy feliz con su nueva identidad.
—¿Quién es Adrián Giraldo?
Un imbécil —gruñe y arroja la carpeta a un lado desparramando los papeles. La azafata que nos acompaña en el vuelo, corre hacia nosotros y lo fulmina con la mirada agachándose para recoger el desorden.
Le doy una mirada a Iván y reacciona a tiempo, impidiéndole a la azafata obtener los papeles y leerlos. Se supone que todo el personal dentro del avión es de confianza. La azafata es un agente que está encubierta en este cargo para mezclarse en no sé que mafia de las alturas. Volamos en un vuelo privado, nadie puede saber de nosotros, por lo que aterrizaremos en una pista olvidada a la madrugada y luego nos llevaran a otra ciudad donde tendremos que trabajar en nuestra nueva apariencia y luego tomaremos un auto y conduciremos a nuestro lugar; pero aún así, entre menos personas sepan nuestra nueva identidad, mejor.
—Lee tú el mío y yo leeré el tuyo. A ver si descubro quien es mi nueva y amada esposa.
Acepto, le entrego mi carpeta y él me entrega la suya. Empiezo a leer y me rio.
—Sí, búrlate Yuliana.
—Pero es… este hombre es muy diferente a ti.
Lo es —brama, mirándome de soslayo.
—Bueno, aquí dice que es un paramédico entregado a su empleo, le interesa la medicina, el fútbol y la cerveza. Adicto al gimnasio, de la ciudad de Esperanza, atento, dedicado, amoroso, cariñoso, amable y profundamente devoto de su esposa. —Me rio y él resopla logrando que ría aun más—. Ama los perros, los paseos al aire libre, los atardeceres, la playa y es alérgico a las nueces.
—Joder —gruñe y niega con la cabeza—. Soy un marica. Un completo imbécil. Esto tuvo que haberlo hecho Silvia, está vengándose de mí.
—¿Silvia? —pregunto curiosa. La sonrisa en mi boca debido a su malestar no se va.
Pasa la mano por su rostro y suspira. —Es la agente encargada de PT, salí con ella hace un año, yo sólo quería divertirme, ella quería más… no salió bien y desde entonces “soy un imbécil insensible, demasiado cobarde para comprometerse que sólo se ama a sí mismo y a su gigantesca polla.”
Parpadeo y me oigo decir antes de pensar en ello. —¿Gigantesca polla?
Los labios de Iván se parten en la primera sonrisa del día, menea sus cejas mientras me sonrojo y murmura—. Sabía que eso llamaría tu atención. Al menos tu esposo no tiene un juguete pequeño.
Levanto una ceja y murmuro entre dientes—: Tú y tu gigantesca polla pueden presentarse ante tu mano, porque aquí —Me señalo a mi misma—, entre los tres, no habrá juego.
—Se supone que amas a tu esposo y yo adoro el suelo que tu pisas, ¿el sexo debe ser pasional, vainilla o duro y sucio?
—¿Por qué estamos hablando de sexo? Hay cosas más importantes.
—El sexo es el motor de una relación.
—No, lo es el amor.
—Claro que no, puedes amar fervientemente a tu pareja pero si en la cama es un osito dormilón, no niegues que todo el castillito de algodón se esfumará cuando un verdadero semental toque a la puerta.
—¿Qué? Estás loco, el amor es lo más importante.
—El sexo lo es.
—Los hombres sólo piensan con la polla, además, ningún hombre es fiel.
—Lo somos —responde mirándome fijamente—, somos fieles a nosotros mismos y amamos el buen sexo.
—Deja de hablar de sexo.
—¿Por qué?, somos esposos, estamos más allá del toqueteo de ciertas partecitas. —Extiende su mano y la golpeo antes de que toque mi seno—. ¿Qué? Sólo quiero abrir la ventana.
—Sí, claro. No soy tonta.
—¿En serio? No puede ser, si no lo dices no me doy cuenta.
—Pendejo.
—Loca.
—Mejor cállate y estudia mi perfil.
—Bien. —Cierra la carpeta y se vuelve para mirarme—. Puedes voltearte de frente —dice y le doy una mirada—, necesito estudiar tu perfil.
—Este no —gruño y se suelta a reír, toma la carpeta y se concentra en las hojas—. Imbécil.
—Frígida.
Abro mis ojos y jadeo sorprendida. Levanto mis manos para golpearlo y siseo—: No soy frígida, estúpido.
—¿Ah no? —Sonríe y detiene mis manos antes de que logren hacer contacto con su cuerpo—. Comprueba lo contrario, ¿te gusta el sexo sucio, amoroso, pasional, duro?, ¿Abajo o arriba? ¿Tomas o das?
Gruño y me alejo de él como si quemara. Me cruzo de brazos y trato de ignorar la estúpida sonrisa en su cara.
—¿Quieres un poco de agua, esposita?, te ves algo acalorada.
—Púdrete —bramo y le saco el dedo medio. Decido, después de escucharlo carcajearse a mi costa, ignorarlo el resto del camino.
Y esto, es apenas el comienzo.



viernes, 16 de junio de 2017

Adelanto de "Se Armó Cupido"

Juliana

Una húmeda y fría lengua me despierta.
Agito mis manos para apartar la lengua, pero recibo otros dos lengüetazos que me hacen gemir en protesta.
—Basta Bonnie —gruño y siento su peluda cola agitarse en mi cara—. Bien, ya, ya. Estoy despierta. —Me enderezo y tiro las cobijas fuera de mí cuerpo, gruñendo todo el tiempo—. Te daré tu comida y espero que me dejes en paz, no tuve una buena noche y realmente deseo volver a mi cama.
Me ocupo de mí misma en el baño y luego le doy el desayuno-almuerzo a Bonnie, tomando una taza de chocolate instantáneo para mí; sí, adoro el chocolate, no importa que sean pasadas las dos de la tarde. Desde que llegué en la mañana tuve que calmar mis nervios, llamé a mis padres para asegurarme que estaban bien y para mi paz mental. Lloré un poco cuando mi padre me llamó bebé, y lloré aún más recordando al hombre que probablemente maté, o no maté… quién sabe. Lo único que sé es que no puedo quitar de mi mente su imagen y el color de su sangre.
Logré quedarme dormida dos horas después de que el sol se asentó en el cielo. Pero ahora, mi perro me exige que lo alimente, y bueno, no puedo dejarlo con la barriguita vacía.
Acaricio su cabeza cuando brinca de felicidad al terminar su tazón de comida, suspiro y me encamino hacia mi cuarto, pero Bonnie tiene otras ideas. Tomando su correa de paseo, se sienta junto a la puerta. El mensaje: ¡Sácame a pasear!
—Está bien. Pero después de un corto paseo, me dejarás dormir.
Bonnie ladra y da una vuelta. Tomo a mi labrador dorado y lo llevo hasta el parque una cuadra más allá de mi casa. Hace sus necesidades y me deshago de ellas donde corresponde, arrojo su juguete unas pocas veces y regreso a casa con él. Noto un auto estacionado frente a mi casa, puedo asegurar que no es el corsa blanco de mi vecina, un estremecimiento pasa por mi cuerpo cuando noto los vidrios tintados. Recuerdo lo que sucedió la noche anterior y entro un poco en pánico.
—Todo está bien, nada va a sucederme, estoy muy segura aquí en mi casa —digo durante todo el camino de entrada y continúo con ese mantra cuando cierro mi puerta.
Demasiado ansiosa para dormir, decido hacer aseo en mi casa. Tomo todos los implementos y me voy hacia la cocina para empezar por ahí. Lavo, friego, desinfecto, desengraso, aspiro, muevo de lugar y hago mil cosas en toda mi casa.
Para las seis de la tarde, sudorosa y cansada doy por terminada mi faena de aseo extremo. Tomo una corta ducha y me pongo ropa cómoda. Unos leggins y blusa de tiras. Odio usar ropa interior dentro de mi casa, por lo que la omito. Enciendo mi portátil y sirvo una copa de vino para terminar mi informe de ventas.
Es domingo y se supone que descanso, pero mi jefe no conoce esa palabra, así que debo enviar este documento antes de las doce de la noche para que mañana que él esté en su oficina alrededor de las siete, lo pueda ver.
Estoy cerca de terminar mi informe, media hora después, cuando Bonnie empieza a ladrar desaforadamente cerca de la puerta, y hacia el patio trasero.
—Bonnie ya basta. —No me obedece, todo lo contrario, sigue gruñendo y arañando el suelo—. ¡Bonnie! —Me levanto al ver que mis órdenes no surten efecto en mi (por lo genera) obediente y tranquilo perro—. ¿Qué sucede amigo? —Rasco detrás de su oreja apenas y lo alcanzo, pero se sacude y su pelo se eriza mientras continúa ladrando hacia afuera—. Vamos chico, vamos a ver a qué le ladras.
Enciendo la luz del patio y no veo nada excepto mis arbustos y flores. Entreabro la puerta y asomo un poco mi cabeza para dar un buen vistazo. Espero que no sea uno de los gatos de mi vecina, viene y hace sus cosas en mis plantas y luego todo huele a su porquería. Gracias a Dios que no es el gato.
—Ahí no hay nada chico. Vamos, acurruquémonos en el sofá, haré crispetas.
Trato de tirar del collar de Bonnie para alejarlo de la puerta, pero no cede, cada vez que logro moverlo gruñe y regresa a su posición. Resoplo y me doy por vencida, retirándome hasta la cocina para prepararme algo de comer, no puedo sostenerme sólo con chocolate y vino.
—Bonnie, ¿quieres un sándwich? —grito a mi bullicioso perro—. Mira, estoy sacando las salchichas. —Suspiro y termino de preparar mi bocado—. Vamos Bonnie, deja de…
Un fuerte sonido de algo destrozándose hace que salte en mi cocina, escucho como los ladridos de Bonnie se vuelven más frenéticos y me apresuro hacia mi patio para saber qué está sucediendo, espero que no haya roto la ventana por ir detrás de un gato
—¡Bonnie! —chillo cuando escucho su gemido lastimero y luego silencio. Al llegar a él, encuentro la puerta del patio abierta y golpeada, alguien la pateó—. ¿Bonnie? —Estiro mi mano para encender la luz, pero recuerdo que la había dejado encendida antes, lo que quiere decir que alguien golpeó el bombillo y por eso está oscuro. Inmediatamente la piel de mi cuerpo se enfría y cada vello se levanta. Algo no está bien—. ¿Bonnie?
Mi perro no responde, así que asomo mi cabeza y alcanzo a verlo a un costado, tirado en el suelo, inmóvil.
—¡Oh Dios Bonnie! —Corro hasta él y me inclino cuando lo veo con los ojos cerrados—. Bebé ¿qué tienes? Por favor, no asustes a mami. —Lo sacudo un poco y gime, noto que su nariz está sangrando—. ¿Bebé? Voy a llevarte al médico.
Siento una presencia tras de mí, cuando estoy por cargar a mi perro dentro de mi casa, me vuelvo y abro mi boca para gritar al ver a dos figuras frente a mí.
—Yo de ti no gritaría —dice una de las figuras, es un hombre.
—Jesús —chillo, me enderezo y retrocedo hacia la puerta de mi casa, lista para correr fuera o tomar algún objeto que me permita defenderme, como la sombrilla en el perchero o un cuchillo de la cocina—. No me digas que no grite, porque voy a gritar como una puta en iglesia, empezando justo ahora… ¡Auxilio! ¡Fuego!
—Perra —brama el otro hombre y viene hacia mí. Me doy rápidamente la vuelta y corro dentro. Escucho al otro maldecir y a ambos correr tras de mí.
—Bebé lo siento —susurro pensando en mi perro. No sé si es por la adrenalina, el instinto de supervivencia o qué mierda, pero no lloro por Bonnie, ahora sólo necesito salir y avisar a todos que hay dos intrusos en mi casa que quieren hacerme daño.
Tomo el pasillo hacia la puerta de entrada pero uno de ellos me alcanza, grito cuando me toma del cabello y tira hacia atrás. Mi cuero cabelludo arde y pica, mis ojos se humedecen y caigo de rodillas.
—Te dije que no gritarás, perra.
Siento que algo golpea mi sien y todo comienza a tornarse borroso. Algo palpita dentro de mi cabeza y pierdo el foco. Jadeo por el dolor que se dispara en mi mejilla al sentir un segundo golpe. Parpadeo, y vuelvo a jadear por aire, el pánico pica en mi piel y grito otra vez pidiendo ayuda.
—Cállate —dice el tipo que no me sostiene, apuntándome con un arma. Cierro mi boca inmediatamente—. Así está mejor.
Lo fulmino con la mirada, tiro mi cabeza hacia adelante pero el segundo hombre todavía me sostiene del cabello, gruño y se ríe.
—Es toda una fierecilla —se burla. Me fijo en el hombre con el arma y veo que es muy alto. Tiene el cabello peinado con algún tipo de gel del demonio porque ni una sola hebra está suelta. Sus ojos son oscuros y maliciosos, y cuando sonríe, puedo ver algunos dientes bañados en oro.
¿En serio? ¿Quién se cree, Pedro Navaja?
—Eso dijo el jefe, que es toda salvaje e indomable. Hay que tener cuidado.
—Puaj —resoplo ganándome un jalón de cabello—. ¡Oye! No son extensiones, es mi pelo.
—Oscar ha dicho que te calles —sisea, Oscar o Pedro Navaja, como lo llamé, se ríe—. ¿Lo hacemos aquí o en su habitación?
—Podríamos jugar un ratico con ella, Cometa. —Lame sus labios como si tuviera frente a él un jugoso filete, sus ojos bajan a mis pechos y recuerdo que no estoy usando ropa interior—. Se ve divertida.
Gruño y el tal Cometa pasa uno de sus dedos enormes por mi rostro.
—Tienes razón, bien y podríamos divertirnos y luego terminar el trabajo que nos enviaron a hacer.
—¿Puedo ofrecerles una limonadita? Digo, pueden estar agotados por patear a mi perro y luego corretear detrás de mí.
Ambos se ríen y suspiro, Pedro Navaja se aleja para asegurar la puerta de entrada mientras Cometa me lleva arrastrada hacia mi habitación. Miro a todos lados tratando de encontrar la manera de salir de esto, pero al mover mi cabeza, el agarre de Cometa me impide hacerlo.
¿Vivir siendo calva o morir con mi cabello?
Bueno, las pelucas ya vienen con cabello natural. Tomando una decisión, rememoro mis clases de defensa personal, recuerdo una maniobra para aflojar el agarre de un atacante. Llevo mis manos atrás y busco el dedo gordo del hombre, lo tomo y tiro de él en posición contraria, grita y me suelta, pero extiende su otra mano para agarrarme del cuello, golpeo su mano y él empuja con su cuerpo haciéndome caer de culo.
—Hija de puta —gruñe y trata de tomarme de los pies, pateo, y me arrastro hasta el baño de mi habitación, tiene una pequeña ventana hacia fuera por donde puedo caber.
—Suéltame, imbécil.
Intento cerrar la puerta del baño pero su mano me detiene, empujo y logra abrirla, el tipo es más grande y fuerte que yo. Tomo la bomba del sanitario y golpeo su cabeza tratando de hacerle daño, el estúpido se ríe y me arrincona en la ducha.
—Realmente estás siendo una cosita divertida hoy.
—¿En serio? Y eso que no has visto el resto de mi repertorio. —Tomo el gel de baño y lo arrojo a su cara, golpea su frente pero no le hace el mayor daño. Vuelve a reír y se cruza de brazos, Pedro Navaja llega y nos ve a ambos.
—¿Qué está pasando?
Cometa ríe, mostrando sus imperfectos dientes y me señala. —La fierecilla cree que puede con nosotros.
—¿Ah sí? —Los ojos de Pedro Navaja brillan. Tomo el siguiente recipiendo y veo que es el spray para el cabello.
—Será mejor que se alejen.
—¿Y qué vas a hacer? Arrojarnos champo de flores y lavanda. —Cometa golpea el pecho de Pedro Navaja y se carcajean.
—Es de Avena, zopenco.
—Uyy tiene garras… mira Cometa, la chiquilla tiene lo suyo. Brock mencionó sus increíbles tetas, pero no imaginé que fueran así de perfectas.
—Sigamos hablando del champo —bramo, los dos vuelven a reír pero entonces escuchamos que se desata alguna especie de guerra fuera de mi casa. Cometa se asoma por la ventana de mi baño y maldice.
—Los sapos, nos han caído los sapos.
—Deja que los perros de fuera los entretengan —dice Pedro Navaja—. Tómala y sácala por donde entramos, iré a dejarles una sorpresita en la entrada.
—Bien —responde Cometa y sonríe perversamente hacia mí—. Vamos cariñito, ven con papi.
—¿Por qué no vienes por mí, papi? Creo que aún no aprendo a caminar.
La sonrisa en su rostro crece por mis palabras. —Como quieras bebé.
Empieza a avanzar hacia mí, y siento como si todo fuera en cámara lenta, espero hasta que esté lo suficientemente cerca para que lo que voy a hacer no salga mal. Rocio el contenido frente a su cara, especialmente sobre sus ojos. Cometa gruñe tratando de quitar el liquido, pero termina esparciéndolo más, grita cuando sus ojos comienzan a picar y aprovecho el momento para empujarlo fuertemente, logrando hacer que caiga al suelo, con las piernas abiertas, y su cabeza golpee la pared del baño, dejándolo aturdido.
—Esto es por Bonnie —gruño pateando su entrepierna. Gime de dolor y se acuna—. Jódete imbécil.
Voy hacia la ventana de mi casa y veo a varios hombres disparando hacia el auto negro de hace un rato, hay otros hombres detrás del auto respondiendo a los disparos. Mi piel se eriza y corro hacia la siguiente habitación para encerrarme allí y tratar de salir por esa ventana que da hacia la casa de mis vecinos. Mi corazón late a mil por hora, me siento como en una mala película de acción, lo malo es que estos disparos son reales y pueden herirme.
¿Qué demonios está pasando? Y ¿Quiénes son estos hombres y por qué quieren hacerme daño?
La advertencia del hombre del club hace eco en mi cabeza y me permito maldecirme un poco por no tomar en serio sus palabras.
Pero, ¿realmente esto está sucediendo? ¿Han enviado a estos hombres aquí para asesinarme?
Mi mente no deja de pensar en mi perro, derrumbado en el patio, pero hay otro hombre dentro de mi casa, armado y con intenciones de hacerme no sé qué, así que debo correr como alma que lleva el diablo.
—¿A dónde vas reinita? —Escucho la voz de Pedro Navaja detrás de mí, apresuro el paso y logro cerrar la puerta antes de que me alcance, pongo el seguro y luego la trabó con una de las sillas.
No sé si eso funcionará, pero por lo menos me permitirá salir por la ventana. Alcanzo el marco y quito el seguro, escucho como patea la puerta, también llegan hasta mí sonidos de disparos y de autos que frenan bruscamente. Mi piel sigue erizada y mi corazón acelera —si eso es posible— su ritmo.
Creo que moriré de un paro cardiaco.
—¡Abre la maldita puerta! —lo escucho gritar de nuevo, la puerta empieza a ceder por sus golpes, y decido que debo apurarme a salir jodidamente rápido de aquí.
Me impulso por la ventana y logro poner un pie fuera de ella cuando la puerta cede totalmente y otra ráfaga de disparos suena, saco mi otro pie y corro hacia mis vecinos pero antes de poder llegar a ellos, alguien me agarra desde atrás y me tira hacia el callejón de mi patio y el de la casa contigua.
Gruño, pataleo y trato de golpear a quien sea que me sostiene, pero es demasiado fuerte y logra arrastrarme cada vez más. Intento abrir mi boca para morder su mano, curvo mi cuerpo y vuelvo a patearlo; siento el aire que escapa de su boca en mi oído, cuando jadea al ser golpeado por mi pie en su espinilla.
—¿Quieres calmarte?—dice una voz vagamente familiar—, soy yo. Estás a salvo.
Me suelta y me vuelvo rápidamente hacia él.
—¿Gómez? —susurro, temblando de miedo y horror, pero aliviada hasta los huesos de que sea el policía y no uno de esos malandros los que me hayan atrapado.
—El mismo —sisea estrechando sus ojos hacia mí—. Te lo dije princesita, esto no es un juego. Hay un maldito signo de pesos sobre tu cabeza.
Me estremezco y me abrazo a mi misma. —Te creo.
—Es un poco tarde para eso. grdandome un vistazo como si buscara alguna herida—. La mierda está fuera de control.

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